01 febrero, 2017

La Rueda de la Fortuna


Tengo un máster en desbarrancar. Llevo un récord como bandera de todas las veces que eché moco, de manera grandilocuente y furiosa, adobada por la bebida, envalentonada por un mínimo guiño de la suerte. La otra mañana, o la noche completa hice galardón de mi capacidad para quemar las naves y tratar de salir indemne, hollinada y llena de pasto en la ropa. Whatever.

Estaba en un pueblo sin referencias, con un chico que prácticamente desconocía y con quien me habían forzado de cierta forma a compartir estadía unos meses atrás junto a otra gente con quienes no ostentaba ninguna relación directa. Las vueltas de la rueda de la fortuna propiciaron un reencuentro, arrastrada por una amiga que quiso tirar los dados de la suerte, y la suerte se le volvió en contra, porque cuando me escabio muevo el fieltro de la mesa de juego a mi favor, o me carteo, como mejor parezca, hago trampa. Aunque no quiera, aunque sepa que está mal, aunque en otra circunstancia hubiese apelado a la decencia, no me salió nada. Me salió sentarme con él en un banco que daba al este a mirar el amanecer y cantar envido para tratar de ganar segunda, tirando la hembra y habiendo perdido primera jugando un cuatro de copas. Conté el puntaje y dieron 34, eran mejores.  Mientras el sol rajaba ya un poco alto no me quedaron muchas chances de seguir haciéndome la desentendida, y en una atmósfera de amor latente me entregué a los brazos de la traición, desmedida e innecesaria. En una escena del lado B de alguna historia de Jane Austen me encontré corriendo por el descampado, acococho de quien había desperdigado durante toda la noche una serie de miradas intensas que pesqué y recolecté en la red que alimentaba el sentimiento de delito que devendría. Siendo sincera fue una de las experiencias amorosas más furtivas y divertidas, porque el lugar ameritaba esconderse en los rincones inalcanzables de la casa. Porque había que atravesar senderos poblados de plantas, o pispear dentro de habitaciones semi-abandonadas, con una toalla rosa a cuestas, con dibujos de perritos que se amontonaban entre sí, como estábamos nosotros. Nos revolcamos por el pasto y nos reímos, mientras él me decía que estaba desvelado y amanecido, que sentía que no quería que nunca terminara ese momento. Yo reía mientras me mofaba de su romanticismo, lo besaba y acariciaba su pelo, y las abejas alrededor nuestro zumbaban, y todo parecía perfecto y desproporcionado, como la mirada fulminante que le dediqué para cerrar el trato de complicidad. Esas cosas me encantan, creo que no hay nada más sincero que el amor de ebriedad, la latencia de un deseo que se desencadena directo, sin especulación, sin las ambivalencias de lo correcto. Qué importaba echarse sobre las ortigas, la picadura de un tábano, el aliento bañado de vino, llevarme a cuestas entre las plantas, sortear matas y esconderse. Aunque durara solo 2 horas de la vida, un momento y ya está. Aunque después deviniera la tormenta, y la racionalidad de lo echado a perder, la culpa y todo lo que implica cuando el daño a otro está hecho, cuando arreglar lo que se rompe en primera instancia es prácticamente imposible. Nos despedimos en la puerta de la habitación con el beso más silencioso que nos salió y eso fue todo.

Así que a pesar de la resaca y la efervescencia tocó jugar la tercera mano, y mientras me cantaban truco miraba la única carta que sostenía, la sota de copas, qué coincidencia, no me quedó otra que irme al mazo y perder.