15 abril, 2012

Taxímetro, la medida del tiempo

Son las 2 de la mañana y el chongo no acusa recibo. Otra mala pasada, nada que hacer sino ir a dormir a casa.
Con 2 amigos hacemos tiempo al frente del Buen Pastor, a la espera de una respuesta que nunca llegó. Bueno, vamos. Caminamos 2 cuadras por la Independencia o Ituzaingó, nunca sé cuál es cuál.
Mi amiga para un taxi, le pido un 5 porque no sé si me alcanza la plata y subo al móvil. Siempre con ese halo depresivo de rosarios y San Cayetanos colgando. Miro el número de patente haciendo un esfuerzo por recordarlo, nunca funciona, claramente.
El olor a gas me obliga a abrir la ventanilla mientras le indico al viejo hundido en el asiento la dirección.
De noche la ciudad siempre es igual, los semáforos intermitentes, los tarados en sus autos con luces abajo, las chicas de la Humberto Primo, el puente, el río encofrado, el edificio en construcción de la Costanera, Puerto Madero un poroto comparado con este despliegue inmobiliario.
No pasa nada más que nosotros 2 en el tacho mientras los numeritos marcan la marcha y palpo los billetes en el bolsillo pensando cuanto falta.
Llegamos a la calle oscura de la diversión, esa que tiene la bajada bien empinada y a mí se me suben las tripas y me da risa, no sé por qué.
Apremia el sueño aunque cierta paranoia no me deja relajar, una ventaja de algún trauma inconducente como el taxi que empieza a traquetear y enfila a la vereda sin razón aparente.
El auto estacionado se acerca cada vez más y el conductor macilento parece no darse cuenta hasta que al grito de “¡Señor!” clava los frenos y se despierta.
Eso de que la vida te pasa toda al frente es una mentira, yo solamente sentí cagaso. Llegué a mi casa temblando, apenas cerré la puerta dejé la mochila en el piso y me agarré de los calzones. Mierda dije, mierda que estuvo cerca.

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