30 mayo, 2010

Un relato corto

Hace unos años mi mamá me contó una historia, de cuando ella estudiaba en la facultad de medicina, allá por el 74. Me dijo que un día, no recuerda bien cuando, se habían hecho la chupina. Hacían las prácticas en el Hospital de Clínicas, ese que tiene una morgue que obligatoriamente todo estudiante del Belgrano osa explorar en sus primeras horas libres. En esa misma morgue hace 34 años mi mamá vio una camioneta con las puertas abiertas. Adentro unos cuantos cuerpos apilados, esas personas no tendrían más que su edad en aquel momento, ni que la mía ahora. Lo llamativo eran las curitas, las cintas pegadas en cruz múltiples veces sobre esos cuerpos, tratando de tapar ¿qué podrían ocultar? Marcas de un fusilamiento que en esos tiempos todavía era cuasi ilegal. Siempre me llamó la atención ese relato, admito que con cierta morbosidad, siempre me imaginé, el furgón, los cadáveres blancos, la expresión helada de mi madre y sus compañeros. Volví una y otra vez hasta que lo fui entendiendo, y ahora busco, casi enfermizamente sus nombres en las listas, algo que me diga qué fue lo que realmente pasó, no tengo fecha exacta, ni edades, ni apellidos ni nada. No tengo nada más que una brecha de 30 años, de una historia incompleta, de un relato recortado esperando, esperando que aparezcan.

25 mayo, 2010

Silbando en la calle

Esto se viene tornando en una lucha por la construcción de la identidad, en muchos aspectos, una lucha ideológica en casa, por tratar de desnaturalizar tantas practicas que antes me parecía estaban bien, una ruptura con la concepción del arte y su aparente carencia de función social. Y a esto me refiero con que la práctica de la plástica está encasillada a satisfacer el afán estético, volcar esa capacidad en una praxis que influya en lo social me parece una tarea casi imposible. Encontrarme saltando y gritando desaforadamente dista tanto de sentarme a planear una intervención, a cortar y pegar papelitos, no le veo sentido a realizar una muestra donde solo vayan viejas chochas a admirar lo bien que dibujo, las ideas súper locas que tengo. La función del arte está supeditada a las competencias de un coto social, a la posibilidad de acceso a determinado conocimiento que muchísimo dista de influir realmente en la estructura social en la que estamos insertos. Ser artistas implica hacer nuestro propio recorte, fundamentarlo es una habilidad discursiva, pero carente de argumentos en sí. La producción plástica es un espiral que revuelve en el ser individual. Las viejas chochas me admiran los críticos me alaban, los ricos me compran cuadros y yo me quedo en el molde, literalmente, el molde de artista posmoderno que sabe que lo que hace es una pelotudez, pero ahí vienen y te empujan para que sigas promoviendo la egolatría, para que el monumento de tu cabeza se ponga verde de oxido.
Ese es el proceso hipócrita, eso es hacer una historia de mierda y ser recordado como otro prócer desvinculado de la realidad. La función no se argumenta en su proceso interno y particular, se sostiene en la práctica, la práctica que te dice que puedo estar bañada en plata y ser una infeliz, la muerte de la obra es su conclusión, es que quede arrumbada debajo de mi cama, colgada en la pared de un museo, da lo mismo, no sirve de nada.
Me enseñaron a valorar lo material en desmedro de los vínculos que pueda generar, me enseñaron que la pobreza es no tener casa ni auto. Pero para mí pasa por otro lado, las cosas van y vienen, la cosas, como decía el viejo de mierda de Borges no sabrán nunca que nos hemos ido. A mí las cosas no me motivan, estoy rodeada de pelotudeces, me alegra más la idea de comprarme una pava pedorra que sirva para cebar mates ricos y no el teléfono más completo.
Las sonrisas, los juegos, el compañerismo son tesoros más grandes que una cuenta en el banco llena de plata que ni siquiera veo. Prefiero un departamento atestado de gente a una casa grande y vacía donde el único compañero es una tele de 48mil pulgadas.
Y cuando mi casa no es más mi casa ¿qué pasa? Cuando siento que voy perdiendo vínculos, cuando creo que mis raíces crecieron demasiado para esta maceta, cuando los otros arboles amenazan con ahogarme, qué se hace, se trasplanta el brote, y hay que tener cuidado de que sea lo suficientemente fuerte como para no matarla. Puedo ser la artista más brillante de mi curso, pero eso no llena el vacío que siento cuando considero que aquello hecho no tiene más valor que un poster de la Mona pegado en la pared.
Mi habilidad es solo una herramienta, jamás el fin en sí mismo. Es la muerte del arte queridos, y mi capacidad para renacer va a hacer de este país una fiesta.

04 mayo, 2010

717

Estuve pensando... mirando como loca todos esos números. Se repiten, una y otra vez, uno tras otro, seguidillas de dígitos y después nada. Un puto patrón que no logro descifrar, cada 10 segundos, después ya son minutos y aparecen de nuevo, otra vez, uno tras otro. Me siento un perro eufórico cazando moscas, atenta, neuróticamente concentrada en esa cifra. 3 números, 3 en sus múltiples combinaciones y ahí van, se repiten, iluminados en la fosforescencia, al principio, al medio, al final, ese que arma la composición, el equilibrio perfecto, 717, 717 una y otra vez. Y yo de números no entiendo nada, me parecen lindos o feos, armónicos o deformes, a veces los confundo con letras, el 4 es la A, la P es el 9, y así. Odio el 4, es un número de mierda. Pero todos están, en todos lados, me persiguen, y ya no es la idea de la conspiración sino el complot entero que me acosa.