30 diciembre, 2009

Dale con el delirio

Creo ser una de los máximos exponentes de la atemporalidad de ser, quizás por ser consciente de ello. A esto me refiero con mi capacidad para el olvido de cuestiones principales y en la abstracción que me produce cada momento.
En esta búsqueda permanente de lograr presentes infinitos, cuando me aboco enteramente a vivirlo, porque si mañana se me ocurriera levantar de la cama y simular ser un perro podría hacerlo. Porque el ayer flota en esa sucesión de imágenes que pretenden integrar el yo. Es quizás una especie de esquizofrenia donde me configuro de acuerdo a la situación, casi siempre me toca ser humano y mujer, pero que hay de no ser quizás aquello que es visible, abandonarse en la contingencia, ser un anexo de esta mesa, de tener por manos lapiceras, la capacidad de adaptabilidad subyacente a todo proceso consciente. Si pasado mañana despertara en África y solo viera la sabana y jirafas, me terminaría convirtiendo en esas percepciones, si al fin y al cabo son aquello que configuran y dotan de sentido la "realidad". Si la inestabilidad por mantener una línea coherente de pensamiento se va manifestando con más gravedad a medida que envejezco.
Si la mente tiende a tomar por hecho todas las cosas que me rodean, evade al presente como tal, intenta justificar con percepciones pasadas la naturaleza de las cosas. Se podría decir que a pesar de todo ni siquiera se vive el presente, y uno transcurre su vida en una nebulosa de potencias y tensiones.
Si este momento ya, es aprehendido por la mente, ya es aprehendido de nuevo, y lo que quizás dé sentido sea la caducidad de las imágenes, la mera inercia al hilvanarlas. Si de repente abro los ojos y no entiendo nada de lo que percibo, si súbitamente todo pierde su sentido, si incluso mis propios latidos me parecen ajenos. ¿Qué es este permanente cachetazo de la "realidad"? Comprender que esta columna es tal por su función específica. Abolir la memoria y convertirse en un autista con menos utilidad que un perchero.
La refutabilidad del tiempo, es una de esas explicaciones a mis momentos de exceso de conciencia. No dar nada por sentado, iluminarse repentinamente con la abolición total de lo preconcebido, es otra sentésima de segundo de claridad, un momento de éxtasis total, mientras sube la adrenalina de forma asombrosa y el recorrido hasta la consciencia normal es como volver al útero protector.
Si cada vez que pienso en los días de mi vida es como rebobinar y regrabar un cassette, y allí se van perdiendo todas las sensaciones. Si el retorno de personas olvidadas que en realidad parecen desconocidas ¿No es otra señal de lo impreciso del tiempo? de su inutilidad como tal, del tiempo humano me refiero, cómo es concebido personal y particularmente.
Si mi madre ayer era mi madre pero ahora es otra, se reelabora cada día, y ante la idea de su muerte y posterior inexistencia en la cotidianeidad hace que cada día la mate para luego revivirla.
Si uno dejase su mente navegar entre todas las ideas o se sumergiera en un sueño continuo. Quizás todo sean acumulaciones, yuxtaposiciones de momentos oníricos, que van perdiendo sentido en los despertares. Si ayer era hija y mañana soy madre, no sería nada de lo que hoy soy.
Podría concluir que a pesar de que el humano se jacta de ser el único ente consciente de la tierra está muy lejos de serlo. Mi gato que repite todos los días su rutina tiene más consciencia de aquello que lo rodea, si es gato, si le gusta el bife o la acelga. No vive le agobiante mundo de la reinvención y adaptación del hombre.
Si por mi sentido de la caducidad temprana y permanente elijo reventar los momentos cuanto antes porque sé vendrán otros a reemplazarlos, si opto por ver y sentir todo ya, sin importar cuanta mella hagan en Constanza, si realmente concebir todo esto de manera tan fría hace del viaje un aburrimiento.
Y si no amaneciera ya, quizás me aventuraría a vivir una noche eterna, como aguantar la respiración antes de la cachetada súbita de la inconsciencia.